Había una vez un niño que tenía muy mal carácter. Un día su padre le dio una bolsa con clavos y le dijo que cada vez que perdiera la calma debía clavar un clavo en la cerca de atrás de la casa.
El primer día el niño clavó 37 clavos en la cerca, pero poco a poco fue calmándose porque descubrió que era mucho mas fácil controlar su carácter que clavar los clavos en la cerca. Finalmente llegó el día en que el muchacho no perdió la calma para nada y se lo dijo a su padre.
Entonces el padre sugirió al hijo que por cada día que controlara su carácter debía sacar un clavo de la cerca. Los días pasaron y el jóven pudo finalmente decirle a su padre que ya había sacado todos los clavos de la cerca.
El padre llevo de la mano a su hijo a la cerca de atrás y le dijo: - Mira hijo, has hecho bien, pero fijate en todos los agujeros que quedaron en la cerca. Ya la cerca nunca será la misma de antes. Cuando dices o haces cosas con coraje, dejas una cicatriz como este agujero en la cerca. Es como meterle un cuchillo a alguien que aunque lo vuelvas a sacar la herida ya quedo hecha.
No importa cuántas veces pidas perdón, la herida está allí; y una herida física es igual de grave que una herida verbal.

















3 comentarios:
El enojo puede pasar, pero lo dicho y hecho queda como una cicatriz.
Pero somos humanos y las emociones son tan fuertes que es muy fácil que se salgan de control.
Bonito relato.
Un abrazo Amanda.
Hola Amanda qué preciosa historia y mejor la moraleja.
Besitos y Feliz finde.
Instructiva enseñanza la que nos dejas con este relato.
¡Cuidado, con lo que hacemos y decimos, aunque venga el arrepentimiento,la cicatriz que deja la herida no desaparece!
Un abrazo mi querida Isora.
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